“Yo votaba a consciencia mía, sin nada que me obligara. Si no me gustaba el candidato, no votaba y punto”, confiesa la chilena, testigo del arribo de Eduardo Frei Montalva a La Moneda en 1964 y de los fallidos intentos de Salvador Allende por conseguirlo antes de ser proclamado presidente.

Hoy, a sus 97 años, la chilena ve con buenos ojos los esfuerzos por alcanzar la paridad de género. “Estoy de acuerdo con eso, pero me gustaría que fuese gente preparada, con educación, no cualquiera… De la política actual, deberían tirar a la basura todos; deberían renovarse”, propone.

A su juicio, lo del 14 de enero de 1949 terminó siendo clave no sólo para la democracia del país, sino para su destino.

“La mujer piensa mejor que el hombre. Uno piensa en la comida, en los cabros, en todo. La mujer es la que saca a los presidentes, porque somos más mujeres que hombres en Chile”, reflexiona, y a la vez, envía un mensaje a sus contemporáneas: “Así que hay que pensar con la cabeza, no con los pies (al momento de votar)”.

Sobre el movimiento feminista, del que simpatizó en sus cimientos, es tajante pero también crítica: “Me gusta que sea un grupo grande y que hoy (en las elecciones) podamos elegir una persona que se merezca el puesto. Me gusta que sean trabajadoras, pero que no anden tonteando”.

Justamente en ellas proyecta sus deseos para el futuro de Chile, que mira con optimismo a pesar de la pandemia del covid-19 y la inequidad de género imperante. Para Mercedes Jiménez Vega, la consigna se sigue tratando del mismo principio que la gatilló: “Me gustaría que hubiese igualdad para todos, tanto para el pobre como para el rico, para hombres y mujeres, y que nos sepamos respetar. Eso lo hemos perdido”.